Por ROGELIO RODRIGUEZ MENDOZA.
Esta es una historia real: Doña Lilia, una victorense de 55 años de edad, fue detectada con cáncer de seno hace aproximadamente tres años. Los médicos le quitaron una de sus mamas y la sometieron a un prolongado tratamiento con quimioterapias.
Al paso de los meses logró superar la mortal enfermedad. Fue dada de alta y regresó a su casa, con indicaciones de que estaría bajo evaluación periódica.
Pero el destino le hizo una mala jugada: a finales del 2018 la enfermedad resurgió en su otro seno. A partir de ahí comenzó un peregrinar angustioso y humillante. Tuvo que enfrentarse a toda una maraña gubernamental que parece estar diseñado para entorpecer y no para ayudar.
En la institución social en que recibe servicio médico los especialistas le informaron que, había que intervenirla quirúrgicamente para extraerle la mama, “antes de que la enfermedad avance más”.
En abril pasado fue citada un fin de semana para la operación médica. Su esposo y sus hijos viajaron desde Estados Unidos y Monterrey, donde trabajan, para acompañarla en la delicada intervención. Llegó puntual a la cita y se puso a disposición de los médicos. Tres horas después le dijeron que iban a posponer la intervención quirúrgica, “porque el quirófano se va a ocupar”. Le dieron nueva cita, para 15 días después.
Doña Lilia Aceptó resignada. No tenía otra alternativa. Su familia tuvo que regresar a trabajar. Esperarían la nueva fecha.
Dos semanas después aquella historia se repitió. La paciente estaba lista para entrar a quirófano mientras su esposo e hijos oraban afuera, cuando los médicos le informaron nuevamente que, “hay que posponer”.
La señora y su familia lloraron de impotencia. A la angustia por el padecimiento de la enfermedad letal, tenían que enfrentarse al burocratismo, la insensibilidad y valemadrismo de los médicos.
Pero no tuvieron de otra alternativa que aceptar una tercer cita. Era un asunto de vida y muerte y el servicio público de salud era la única opción a su alcance. Pensar en una atención privada no estaba a su alcance.
Regresaron en la fecha señalada con la decisión en mente de que, era la última ocasión en que recorrerían ese viacrucis. Si les cancelaban la operación nuevamente se rendirían.
Increíblemente también les iban a hacer lo mismo. Una enfermera le deslizo la posibilidad a Doña Lilia de que, “tal vez tenga que reprogramarse su operación porque no hay anestesiólogo”.
Esta vez, sin embargo, la paciente ya no se quedó callada. A través de una amiga buscó a un periodista. Le contó lo sucedido y le pidió intervenir.
De los hechos fueron informadas la Comisión Estatal de Derechos Humanos y la dirección del hospital implicado. Esa fue la única manera de que fuera operada. Los médicos le quitaron su seno sin complicaciones , aunque todavía está a la espera de saber si la enfermedad fue eliminada.
Le cuento de ello solamente para denunciar la insensibilidad, la irresponsabilidad y la falta de ética que prevalece en los hospitales.
Es increíble la facilidad con que se ensañan con quienes padecen enfermedades letales como el cáncer. Los médicos y directivos de los hospitales públicos son incapaces de ponerse en el lugar de quien sufre, no solo por la enfermedad sino también por la incertidumbre de saber si lograra sobrevivir.
Esa es la triste realidad de los hospitales públicos. Están muy lejos de ser fuente de vida. En todo caso parecen más pabellones de la muerte.
ASI ANDAN LAS COSAS.




