Por Luis Alberto Rodríguez
Los silencios estratégicos en situaciones críticas son útiles siempre y cuando se tenga el mayor control sobre las variables que inciden en los hechos.
Pero si el simple silencio es la apuesta, sin haber considerado los efectos ni las implicaciones de todo tipo que exacerban los acontecimientos -hasta convertirse en crisis institucionales o reputacionales- entonces la estrategia es errónea.
Peor aún si se pretende minimizar, demeritar o tratar de acallar cualquier denuncia pública, especialmente de los afectados o los mensajeros.
Los daños físicos causados a un estudiante de la Facultad de Veterinaria y Zootecnia de la Universidad Autónoma de Tamaulipas, durante una novatada, son hechos lamentables (sin duda alguna), pero técnicamente se consideran como parte de los riesgos en instituciones donde ocurren muchos acontecimientos que pueden salir del control y, sobre todo, cuando son miles las interacciones cotidianas de todo tipo, dentro y fuera de las instalaciones.
La carencia de protocolos de actuación para evitar que los riesgos se exacerben hasta convertirse en crisis es, muchas veces, la razón por la cual no se evalúa adecuadamente la repercusión de situaciones que salen de la normalidad.
En el caso de la novatada -con todos los hechos de violencia mínima o máxima que pudo haber- se perdió el control desde el momento en que autoridades advirtieron que no se suspenderían clases y poco caso se hizo, según los reportes que varios maestros hicieron sobre la ausencia de alumnos en las aulas.
Probablemente fue difícil regresar a los alumnos cuando ya estaba en curso la novatada.
El tema que convirtió el hecho estudiantil en una situación crítica fue que el joven estudiante de Tamuín, Veracruz, tuvo una respuesta alérgica grave al consumir chile habanero. Ni se digan los golpes y vejaciones que, dijo en una entrevista, sufrió junto con otros alumnos. Peor se haya dicho que fue un golpe de calor.
La denuncia pública de los familiares, cuando el joven ya estaba hospitalizado, cayó en el comunicador Osberto Vera -que ya ha hecho públicos otros acontecimientos donde en apariencia se busca el silencio o fustigar al mensajero.
A partir de ahí, el asunto empezó a escalar. En algunos espacios se trató de minimizar el hecho, en otros se anduvo con cautela, pero cuando el tema llegó a medios de la ciudad de México y se viralizó, entonces entró un control de daños adecuado, que pudo activarse desde antes.
El asunto no es propio de la Universidad Autónoma de Tamaulipas.
Las grandes instituciones universitarias enfrentan cada día muchos acontecimientos, debido, justo, a miles de interacciones y riesgos probables derivados no sólo de la concentración de personas, sino de aspectos tecnológicos, financieros, ambientales, de infraestructura o aspectos del entorno que pueden incidir en la vida cotidiana de los campus, como la violencia externa o el consumo de sustancias.
Un reputado sistema universitario que tiene presencia en muchas de las principales ciudades del país arrojó -en un mapeo de riesgos- 60 potenciales acontecimientos que pudieran afectar a la institución, a las personas o la reputación. Costó trabajo que lo reconocieran. Se ufanaban de tener control de todo. Pero el mapa les mostró otra cara. La crisis les cayó por un tema que desestimaron en las evaluaciones: sismicidad; lo quitaron de los riesgos potenciales.
El rector Dámaso Anaya dijo en conferencia de prensa que el caso del estudiante veracruzano es un aprendizaje. Más que ello debería ser un momento para aplicar métodos de evaluación y actuación frente a los riesgos probables.
El control de daños salió bien, aunque no haya convencido a muchos, porque el estudiante de Tamuín dijo que presentará denuncias. Es un dicho, pero está ahí.
Los temas de género han sido un Talón de Aquiles en la Facultad de Veterinaria de la UAT. Si se dio en el contexto de una lucha interna por el control de la dirección, o no, el hecho es que, hace algunos años, varias estudiantes denunciaron ante la Fiscalía estatal haber sido objeto de violencia (mencionar abuso sexual, violación y trata). El tema no escaló.
Pasó a las instancias internas donde el asunto se diluyó. Las víctimas ya ni le movieron.
Las grandes instituciones universitarias requieren actuación ante los temas de potencial crisis. Ahí está la UNAM y el fraude en los exámenes; o la disputa por el control de las islas por parte de distribuidores de sustancias.
Es entendible, las universidades son comunidades de decenas de miles de personas. Y en ese entorno, todo puede pasar.




