Por ROGELIO RODRÍGUEZ MENDOZA.
El anuncio no sorprendió, pero sí inquieta. El PRI de Tamaulipas ha decidido caminar solo rumbo a la elección de 2027, como si la realidad electoral no le hubiera pasado factura en los últimos años.
Por lo menos así lo deja ver su dirigente estatal, Bruno Díaz Lara, con una reciente declaración en la que descarta alianzas con otra fuerza política. Más que una estrategia, el hecho parece un acto de fe… o de negación.
Porque hoy el priismo tamaulipeco ya no es ni la sombra de lo que fue.
Hubo un tiempo en que el PRI no competía: arrasaba. Gobernaba sin sobresaltos, dominaba el Congreso y controlaba los ayuntamientos con una maquinaria electoral aceitada.
Ese tiempo se acabó. Y no volverá.
Desde que perdió el poder, el partido no ha logrado reconstruirse.
Por el contrario, se ha ido desmoronando entre derrotas, divisiones internas y una pérdida progresiva de credibilidad social.
Hoy, su capital político es escaso. Y su margen de maniobra, mínimo.
En ese contexto, la decisión de ir solo a la contienda de 2027 luce más como una apuesta suicida que como un acto de valentía política.
Porque no se trata únicamente de competir: se trata de sobrevivir.
Y para sobrevivir, el PRI necesita algo que hoy no tiene: votos suficientes.
El umbral del tres por ciento de la votación estatal no es un simple requisito administrativo. Es la línea que separa la existencia de la desaparición.
Y todo indica que, en solitario, al tricolor podría no alcanzarle para cruzarla.
No es un mal augurio. Es un diagnóstico.
La alianza con el PAN en procesos anteriores no le dejó buenos resultados, es cierto.
Pero el escenario ha cambiado. Y las circunstancias también.
Hoy, la lógica política no pasa por los agravios del pasado, sino por la necesidad de construir competitividad en el presente.
Ir sin aliados en un terreno adverso no es dignidad: es temeridad.
Porque mientras el PRI se repliega en su decisión, Morena consolida su hegemonía, y otras fuerzas como Movimiento Ciudadano buscan crecer aprovechando los vacíos.
En política, los espacios que uno abandona, otro los ocupa.
Y el PRI parece decidido a cederlos todos.
Ni Morena, ni el PT, ni el Verde serían opción de alianza. Eso está claro.
Pero cerrar la puerta también al PAN o a Movimiento Ciudadano es reducir aún más las posibilidades de sobrevivencia.
El problema no es ideológico. Es aritmético.
Sin votos, no hay partido.
Y sin estrategia, no hay votos.
La pregunta de fondo es si el PRI realmente cree en su capacidad de resurgir… o si simplemente ha dejado de entender el momento que atraviesa.
Porque una cosa es resistir, y otra muy distinta es precipitarse al vacío.
En Tamaulipas, el otrora partido dominante parece decidido a escribir, por sí mismo, el último capítulo de su historia.
ASÍ ANDAN LAS COSAS.




