Por Redacción Noticentro.mx
En 1994, hace 30 años, diez personas originaria de Texas murieron en Santiago, Nuevo León, en un hecho muy parecido al ocurrido el pasado fin de semana, cuando 12 integrantes de la familia neolaradense Martínez Quintanilla perdieron la vida y cuatro más resultaron gravemente lesionados tras una volcadura en la carretera a la Cola de Caballo.
Aquel trágico episodio de 1994 quedó grabado en la memoria de los regiomontanos. Una familia residente de Houston, Texas, había viajado a Nuevo León para disfrutar de unas vacaciones. La madre, Esthela Plata, organizó el paseo junto a sus tres hijos: Vanesa, de 10 años; Cristal, de 8; y Junior, de 6. También la acompañaban su amiga Martha y su pequeño hijo Moisés. Luego de visitar sitios turísticos como la Cola de Caballo y Puerto Genovevo, emprendieron el regreso a casa sin imaginar que la carretera les arrebataría la vida.
Un desperfecto en los frenos provocó que el vehículo se volcara en una curva peligrosa del kilómetro 14, cobrando la vida de todos los ocupantes. Lo que debía ser una jornada de esparcimiento familiar, se transformó en una tragedia que evidenció la peligrosidad de esa ruta y la falta de infraestructura vial en la zona.
Treinta años después, la historia se repite de forma dolorosa. La mañana del domingo, una camioneta en la que viajaban 16 personas de la familia Martínez Quintanilla sufrió una volcadura en el mismo tramo de la carretera, también a la altura del kilómetro 14. Doce de ellos murieron en el lugar; entre las víctimas había adultos y menores de edad. Cuatro más fueron trasladados de urgencia a hospitales en estado crítico.
El impacto de este nuevo accidente ha sido profundo. No solo por la magnitud de la tragedia, sino por el hecho de que ocurriera exactamente en el mismo punto donde hace tres décadas otra familia perdió la vida bajo circunstancias similares. La coincidencia es tan estremecedora como indignante.
La carretera a la Cola de Caballo, un acceso obligado hacia uno de los destinos turísticos más emblemáticos de Nuevo León, es también una de las vías más peligrosas de la región. Tramos sinuosos, curvas cerradas, pendientes pronunciadas y una preocupante ausencia de barreras de protección hacen de este camino un riesgo latente para quienes lo transitan.
Pese a su importancia turística, las autoridades han hecho poco o nada para reforzar la seguridad vial. No se han colocado protecciones metálicas adecuadas, no hay señalización efectiva en puntos críticos, y los programas de mantenimiento y prevención brillan por su ausencia. La apatía oficial se ha traducido en tragedias que, como la de este fin de semana, pudieron haberse evitado.
Hoy, la carretera que lleva a la imponente cascada de la Cola de Caballo vuelve a ser escenario de luto. Y mientras no se atienda con seriedad la inseguridad vial en esta zona, seguirá siendo un destino tan atractivo como peligroso —una ruta hermosa, pero mortal.




