Por ROGELIO RODRIGUEZ MENDOZA.
Son las diez de la noche. Es un martes de julio del 2010. El celular del reportero repiquetea con insistencia. Lo deja sonar varias veces. Tiene la esperanza de que corten la llamada. Pero no cesa. No le queda más alternativa que responder.
“Te van a esperar en el libramiento Naciones Unidas. Hay un negocio de maquinaria agrícola . Ve sólo y no tardes” le instruyen. El miedo lo invade. Por un momento piensa en no ir, pero luego desiste . “Si no voy vienen por mí” , razona.
Sube a su vehículo y enfila hacia el lugar de la cita. Sabe que posiblemente no regresara pero aun así no quiere avisarle a nadie. No tiene caso. Informarle a su esposa u a otro familiar solo los pondría en riesgo.
El celular vuelve a sonar. El mismo número. “Ya te pasaste. Regrésate”, le instruyen al otro lado de la línea. “Te van a hacer señas con las luces para que veas el lugar”.
El “lugar” es aparentemente una empresa de venta de tractores. En el estacionamiento hay tres camionetas. Todo parece tranquilo. El reportero quiere dejar su unidad afuera, “por si hay necesidad de salir corriendo” , piensa ingenuamente.
No acaba de descender cuando se acerca un hombre joven. Lleva un arma larga. “Estaciónela al fondo, amigo” , ordena. “El patrón está en aquella camioneta”, añade, al tiempo de señalar , con el índice de su mano derecha , una Suburban.
El patrón habla por celular. Sin interrumpir la llamada saluda al periodista y lo invita a subir. Entre sus piernas hay un bote de cerveza y una pistola escuadra. El estéreo de la Suburban toca música romántica. En el asiento trasero un “Cuerno de Chivo” asoma su cañón. Luego de casi cinco minutos, el anfitrión termina la conversación y repite el saludo, ahora sí de voz.
Luego de un breve, obligado y vacío intercambio de , «como te ha ido» y «que se cuenta», viene la razón de la cita.
“Voy a ser directo, amigo. Me hablaron mis jefes y me pidieron que me lo lleve unos días amarrado. Están molestos porque en su columna de hoy hizo una crítica muy dura a la Policía, y pues el comandante se quejó. Por eso le mande a hablar. ¿Cómo le hacemos?” suelta, a boca de jarro.
El reportero siente como si flotara en el aire. Escucha y no escucha. La adrenalina lo invade. Le nubla el pensamiento. “Yo no sabía…” atina a decir, a modo de justificación.
El patrón se queda pensativo unos segundos, que para su invitado parecieron horas. Al final, respira y hace una propuesta: “mire, porque sé que usted es un periodista serio, que solo hace su chamba , que no se mete con nosotros, vamos a hacer una cosa: voy a reportar que no lo localicé. Espero y que se les pase el coraje a mis jefes y se les olvide el asunto”.
Pero añade una advertencia: “aunque una cosa si le digo: se vuelve a equivocar y ya no va a haber otra oportunidad porque entonces va a ser usted o yo. Tenga cuidado con lo que escribe. Todos los días lo leo. Me gusta su columna. Pero sea prudente”.
Un apretón de manos es la señal de que la plática (o la amenaza) terminó. El periodista baja de la camioneta. La suya está apenas a 50 metros pero le parecen kilómetros. Las manos le tiemblan. Batalla para insertar la llave en el encendido. Por fin lo logra. Mientras se aleja observa por el retrovisor. Alcanza a ver al convoy del Patrón que sale del estacionamiento y se aleja por una callejuela oscura.
La historia es real. Los nombres de los protagonistas es lo de menos. No importan. Se la cuento para ilustrar los riesgos y la vulnerabilidad de quienes ejercemos el periodismo en Tamaulipas. Tal vez sirva, también, para explicarle a la sociedad porque muchas veces los medios no informan de todo lo que acontece. Es por miedo. Es por precaución. Es por cuidar la vida.
ASI ANDAN LAS COSAS.
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