Donald Trump concluyó la peor semana de su campaña electoral, con conflictos con los líderes de su partido; peleando con los padres de origen musulmán de un soldado estadunidense muerto con honores en Irak; expulsando de un evento de campaña a una mujer porque su bebé lloraba; demostrando en una entrevista de prensa que ignoraba que Rusia había invadido Ucrania para anexar Crimea, y observando cómo Hillary Clinton se colocaba con diez puntos de ventaja en las encuestas. Un desastre, pero mientras todo esto sucedía, hay cerca de un 40 por ciento de electores estadunidenses que sigue pensando que Trump es el hombre que los puede gobernar y se identifica con su patanería, su consciente ignorancia, su machismo y sobre todo su racismo.
Eso es lo más preocupante del fenómeno Trump y es también la eclosión de una América profunda que sigue ahí, a pesar de los profundos cambios vividos en las últimas décadas. Hay que recordar que la segregación racial acabó en Estados Unidos bien entrados los años 60 y se sigue manifestando en muchos rincones del país. Hay estados que cuando ganó Barack Obama la Presidencia pusieron a consulta la posibilidad de pedir su autonomía e incluso su independencia. No hay que descubrir el hilo negro, cualquiera que haya visto la serie Mad Men podrá comprobar, en una de las mejores historias que se han hecho para la televisión, cómo fue de lenta esa evolución e incluso lo traumática que resultó para muchos la igualdad racial y de género.
En estos días olímpicos hay que recordar algunas historias que son, al respecto, muy aleccionadoras. ¿Cuál ejemplifica mejor el espíritu olímpico, la lucha contra las circunstancias y contra todas las presiones políticas y sociales, que la historia de Jesse Owens, ese atleta negro, estadunidense, que le amargó la fiesta en las Olimpiadas de Berlín, en 1936, a Adolf Hitler y sus delirios de superioridad, cuando ganó las competencias de los 100, los 200, los 400 metros llanos y la de salto en largo?
Hitler, un personaje tan parecido a Trump y que, hay que recordarlo, llegó al poder por la vía electoral, explotando las peores debilidades del pueblo alemán, había organizado las Olimpiadas de Berlín, del primero al 16 de agosto de 1936 (se inició, paradójicamente, unas horas después de que comenzara la Guerra Civil española donde la participación alemana, en apoyo al levantamiento franquista, era inocultable para todos, menos para las potencias occidentales que lo ignoraron), para demostrar no sólo el poderío de Alemania, sino también para confirmar, con sus atletas, la superioridad de la raza aria y del propio pueblo alemán.
La organización fue de tal modo diseñada para impresionar al mundo, incluyendo el notable documental encargado a Leni Riefenstahl, que el propio canciller inglés, concluida la inauguración, dijo que Alemania había hecho parecer provinciana al resto de Europa. Alemania ganó muchas medallas en aquella ocasión, pero lo único que falló fue que las pruebas atléticas más importantes quedaron en manos de un muchacho muy humilde, negro, estadunidense, desconocido, llamado Jesse Owens. Ese hecho arruinó la fiesta.
Mucho se ha contado sobre el enorme berrinche de Hitler, que no fuera a saludar al ganador de esas competencias porque no quería que hubiera una foto donde se le viera felicitando a una persona de color e incluso se ha creado toda una mitología en torno a la gesta de Owens en Berlín, de la que se han cumplido en estos días exactamente ochenta años.
Cuando terminaron las Olimpiadas de Berlín, las primeras justas olímpicas verdaderamente modernas, cubiertas por todos los medios de comunicación de la época, Owens era una figura reconocida en todo el mundo, un héroe. Regresó a Estados Unidos y se le organizó un gran festejo, un homenaje, en el salón principal del hotel Waldorf Astoria, en Nueva York: estaría todo el mundo político y las celebridades de la Gran Manzana. Cuando Owens se disponía a entrar por la puerta principal que da a Park Avenue, un portero le impidió el paso, le dijo que como era negro no podía entrar por la puerta principal, tenía que hacerlo por la de servicio. Owens tuvo que entrar a su propio homenaje subiendo al salón por un elevador de carga, entrando por una puerta trasera. Es más, el presidente Franklin D. Roosevelt no llegó al homenaje. Le confesó a sus ayudantes que, en plena campaña para su reelección, si lo veían junto a Owens perdería los votos del sur del país. Owens llegó a declarar que Roosevelt lo había tratado peor que Hitler.
Por supuesto que el mandatario estadunidense no era un Hitler ni mucho menos, pero esa historia demuestra el racismo profundo que ha anidado durante tantos años en la Unión Americana, el racismo y machismo que muchos creían superado, patrimonio sólo de grupos marginales y que ha reaparecido, mejor dicho, ha sido expuesto, por la candidatura de Trump. Aunque pierda, será por lo menos difícil lograr que ese monstruo se vuelva a dormir.





