Por Rogelio Rodríguez Mendoza.
El primer asomo de lluvia desnuda lo vulnerables que somos frente al mínimo embate de la naturaleza. Una vulnerabilidad que, lamentablemente, tiene su explicación o su origen en nuestra propia irresponsabilidad como sociedad, porque hemos sido incapaces de emprender acciones preventivas que disminuyan o eliminen los riesgos de daños o tragedias.
Solamente cuando empiezan las temporadas ciclónicas nos acordamos de que no le hemos invertido suficiente a mejorar o agrandar los drenes pluviales. Que tampoco hemos adquirido conciencia de ser previsores cada quien en lo personal.
En el medio rural cientos o miles de familias se aferran a seguir viviendo en las márgenes de los ríos y arroyos, aun sabiendo de que a la vuelta de un año corren el riesgo de perder patrimonio y vida.
Desde luego la mayor parte de culpa es de las mismas autoridades porque han sido incapaces, por un lado de planificar y canalizar recursos suficientes para las obras necesarias que reduzcan el riesgo de inundaciones, y por otro porque han sido tibias y timoratas a la hora de aplicar la ley para retirar de las zonas de peligro a las familias que viven en ellas.
Le hablo de ello porque éste lunes la madre naturaleza nos dio el primer aviso de lo peligroso que puede ser cuando nos toma desprevenidos.
Uno de los periódicos capitalinos publica en su nota de ocho columnas que “Tormenta causa caos”, y da cuenta de que al menos 300 familias de cuatro comunidades del municipio de Soto la Marina, se encuentran incomunicadas luego de que las intensas lluvias de las últimas horas inundaron pasos y cruces de ríos y arroyos ante la crecida de su caudal.
La coordinación estatal de Protección Civil enumera daños también en Victoria, Hidalgo, Mainero, Casas y San Fernando.
Le insisto: como sociedad hemos sido irresponsables al creer, comodinamente , que “no pasa nada” a pesar de que la naturaleza nos ha dado muestra de su fuerza destructora. Nos sigue valiendo todo y en lo menos que pensamos es en colaborar para que los drenes pluviales estén limpios o en no aferrarnos a vivir en áreas de extremo riesgo.
Sin embargo, si de buscar culpables se tratara habría que enjuiciar al Gobierno en su conjunto, porque solamente cuando hay una inundación o un huracán nos pasa por encima, es cuando se acuerda de que hay que modernizar y ampliar los drenes pluviales.
Se ha vuelto costumbre de que tan pronto superamos la emergencia ese Gobierno se limita a ayudar a las víctimas y a tratar de reparar los daños, para luego cerrar el ciclo hasta que llegue la nueva temporada ciclónica.
Ojalá y que esa misma autoridad caiga en cuenta de que no puede seguir viviendo al día, limitándose al recuento de daños o perdidas, cuando lo que debería haber hecho desde hace muchísimos años es planificar un buen programa de obras hidráulicas a largo plazo que resuelva de fondo la problemática de las ciudades.
La tormenta de éste lunes fue, sin duda, una primera llamada de la madre naturaleza. Esperemos que sea un aviso para que las áreas competentes de las instancias federales, estatales o municipales, se pongan a hacer su trabajo de garantizar la seguridad de la población.
Eso para que ante una eventual tragedia causada por un fenómeno meteorológico, no vayan a tener que andarse regateando culpas a la hora del deslinde de responsabilidades.
¿Estamos?.
ASI ANDAN LAS COSAS.




