Por ROGELIO RODRÍGUEZ MENDOZA.
México acaba de celebrar 216 años del inicio de la lucha por su Independencia, una fecha que, por supuesto, es (o debería ser) motivo de orgullo para todos. Sin embargo, frente a la realidad que vivimos como país, es inevitable hacerse una pregunta: ¿qué tan independientes somos?
La lucha iniciada por Miguel Hidalgo nos liberó del dominio español. Eso está fuera de discusión. El problema es que, más de dos siglos después, los mexicanos seguimos padeciendo otros males que también nos quitan libertad y que, lamentablemente, no hemos sido capaces de derrotar.
El ejemplo más claro es la inseguridad. En gran parte del territorio nacional, millones de personas viven con miedo a ser asaltadas, extorsionadas, secuestradas o asesinadas, o quedar atrapadas en un enfrentamiento entre los grupos criminales i de estos con las fuerzas de seguridad.
Hay padres que no duermen hasta que sus hijos regresan a casa y familias que evitan viajar de noche por determinadas carreteras. Esa es una realidad que nadie puede esconder.
Peor todavía es el drama de los desaparecidos. Cada día se reportan más casos de personas que no regresaron a sus casas, sumiendo a sus familias en una pesadilla interminable. Muchas madres terminaron aprendiendo a usar una pala porque sintieron que las autoridades no buscaban a los suyos como ellas necesitaban.
Los datos más recientes del INEGI confirman la gravedad de la inseguridad pública. Durante 2025 ocurrieron alrededor de 33.8 millones de delitos y el 93.4 por ciento no fue denunciado o no derivó en una investigación. Dicho de otra manera, la inmensa mayoría quedó en la impunidad.
A eso súmele la pobreza y el desastre del sistema de salud. Esa también es falta de libertad.
Pero hay otro tema que debe preocuparnos: la concentración del poder político. Morena y sus aliados tienen una mayoría suficiente en la Cámara de Diputados para aprobar reformas constitucionales. Ese poder proviene de las urnas y, por lo tanto, tiene legitimidad democrática. Sin embargo, una democracia también necesita oposición, vigilancia y contrapesos.
El punto es que ningún país sale ganando cuando quienes gobiernan tienen demasiado poder y enfrente encuentran muy pocos obstáculos. Eso vale para Morena hoy y valió también para el PRI cuando durante décadas prácticamente hacía y deshacía en México. Los excesos del poder no cambian solamente porque cambie el color del partido que gobierna.
También tenemos una justicia que sigue sin convencer a buena parte de los ciudadanos, una corrupción que se niega a desaparecer y una impunidad que parece haberse convertido en parte de nuestra vida cotidiana. Cambian Presidentes, Gobernadores, Alcaldes y legisladores, pero muchos de esos problemas siguen ahí, como si fueran eternos.
Lo peor es que nos estamos acostumbrando. Escuchamos que asesinaron a alguien y seguimos con nuestra vida. Sabemos de otro desaparecido y volteamos la página. Nos enteramos de un nuevo caso de corrupción y apenas nos sorprende. Vemos cómo la delincuencia extorsiona y amenaza y terminamos diciendo: “así están las cosas”. Eso debería preocuparnos todavía más.
Por supuesto que México es una nación independiente y soberana. Nadie está diciendo lo contrario. Pero independencia debería significar mucho más que no depender de otro país. También debería significar vivir sin miedo, confiar en la justicia, tener autoridades con límites y contar con oportunidades para salir adelante.
En suma, hicimos bien en celebrar y en gritar “¡Viva México!”. Lo seguiremos haciendo porque tenemos mucho de qué sentirnos orgullosos. Pero tampoco nos engañemos. Hace 216 años comenzó la lucha para independizarnos de España; ahora falta librarnos del miedo, la violencia, la corrupción, la impunidad, la pobreza y los abusos del poder. Esa independencia todavía está pendiente.
ASÍ ANDAN LAS COSAS.




