Por ROGELIO RODRÍGUEZ MENDOZA.
En Tamaulipas, el problema del agua no empieza en la escasez, sino en la simulación.
Durante años se ha insistido en culpar a la infraestructura, al clima o al crecimiento urbano. Pero la raíz es mucho más incómoda: la incapacidad —o la falta de voluntad— para cobrar el servicio.
Ahí comienza todo.
En la reciente reunión del gobernador Américo Villarreal Anaya con los 43 alcaldes, el dato que debería encender todas las alarmas no fue técnico, fue político.
El 70 por ciento de las observaciones hechas a los municipios corresponde a las COMAPAS. Lo dijo el Auditor Superior del Estado, Francisco Noriega. Setenta por ciento.
Es decir, el mayor foco de irregularidades financieras en los ayuntamientos no está en la obra pública ni en la nómina, sino en los organismos operadores del agua.
Y no es un asunto menor.
Mientras los municipios lograron mejorar su eficiencia en la comprobación presupuestal en un 21 por ciento entre 2023 y 2024, las COMAPAS hicieron exactamente lo contrario. Retrocedieron.
¡Un 40 por ciento¡ No es un error. Es una tendencia.
Y cuando se revisa el diagnóstico completo, el panorama es aún más desolador.
El 95 por ciento del manejo financiero de las COMAPAS está en números rojos.
Solo el cinco por ciento se salva.
Eso no es crisis. Es colapso.
Pero lo verdaderamente grave no es el resultado, sino la causa.
Las COMAPAS no quiebran porque no cobren caro.
Quiebran porque no cobran.
Así de simple.
La ineficiencia en la recaudación ha generado una cartera vencida multimillonaria que crece año con año, sin control, sin estrategia y, peor aún, sin consecuencias.
Miles de millones de pesos que debieron ingresar… y nunca llegaron. Tan solo la Junta de Aguas de Matamoros tiene cuentas por cobrar ¡por siete mil millones de pesos!
Y aquí es donde la explicación oficial se queda corta.
Porque no se trata únicamente de usuarios vulnerables que no pueden pagar.
Ese es un problema real, sí, pero no es el núcleo del desastre.
El verdadero boquete está en otro lado.
En grandes consumidores.
En empresas.
En industrias.
En comercios.
En usuarios con capacidad de pago… que simplemente no pagan.
Y no pasa nada.
Ahí es donde la ineficiencia deja de ser casualidad y empieza a oler a complicidad.
Porque una cosa es no poder cobrar.
Y otra muy distinta es no querer hacerlo.
Eso, en términos llanos, ya tiene nombre.
Es huachicol del agua.
En distintas regiones del estado, particularmente en el sur, existen versiones persistentes —y cada vez menos discretas— de prácticas internas que rayan en lo criminal.
Manipulación de medidores.
Convenios “en lo oscurito”.
Ajustes discrecionales.
Cuentas infladas para unos… y borradas para otros.
Un sistema paralelo donde el agua no solo se distribuye: también se negocia.
Donde se tolera el no pago.
Donde se perdonan adeudos selectivamente.
Y donde el recurso público termina convertido en privilegio privado.
Eso también es huachicol del agua.
Y cuando eso ocurre, el organismo deja de ser público y se convierte en botín.
Ese es el verdadero problema.
No es la falta de agua.
Es la fuga de dinero.
Porque sin ingresos, no hay mantenimiento.
No hay rehabilitación de la red hidráulica y por consecuencia no hay forma de frenar el enorme desperdicio del vital liquido a través de fugas que, según datos oficiales, es de hasta el 40 por ciento.
Y sin ello, no hay servicio.
Y sin servicio, lo que hay es indignación social.
Colonias sin agua.
Redes colapsadas.
Fugas que duran semanas.
Recibos que llegan puntuales… aunque el servicio no.
Y, aun así, nadie toca el fondo del asunto.
Nadie quiere meterse con la cobranza.
Porque ahí, justamente ahí, es donde se cruzan intereses.
Donde se incomoda a los poderosos.
Donde se rompe el pacto de silencio.
Por eso las COMAPAS siguen igual.
O peor.
Administraciones van y vienen, diagnósticos sobran, cifras se acumulan… pero la decisión de fondo nunca llega.
Cobrar.
Cobrarle a quien debe.
Cobrarle a quien puede.
Cobrar sin privilegios.
Porque mientras eso no ocurra, cualquier intento de rescate será una simulación más.
Un parche sobre un sistema podrido.
Y el costo, como siempre, lo pagará el ciudadano.
El que sí cumple.
El que sí paga.
El que abre la llave… y no encuentra agua.
ASÍ ANDAN LAS COSAS.




