Por ROGELIO RODRIGUEZ MENDOZA.
Nuestro glorioso ejército mexicano se enfrenta hoy a un poderoso enemigo y, paradójicamente ha sido su mismo comandante supremo, el presidente Andrés Manuel López Obrador, quien lo ha infiltrado en las filas castrenses.
Tiene nombre: se llama poder político y económico. Su peligrosidad radica en su alta capacidad para doblar conciencias, vulnerar valores, y torcer hasta la más férrea honestidad.
Surgió desde hace poco más de cuatro años cuando el gobierno lopezobradorista comenzó a cederle a la milicia tareas que tradicionalmente eran ejercidas por las mismas instancias gubernamentales, como el caso del control de las aduanas, de los puertos fronterizos y hasta de los aeropuertos.
También cuando comenzó a cederle espacios políticos y mediáticos a los titulares de la Sedena y de la Marina.
El multimillonario presupuesto y el poder político que hoy maneja la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena), es incluso muy superior al que ejercen otras secretarías de estado.
Ahí es donde se esconde el enemigo embosado para los militares, porque será inevitable que comiencen a darse disputas, confrontaciones internas, y surgimiento de grupos, en la disputa por el control de esos espacios de poder que hoy tienen bajo su responsabilidad.
Habrá militares resentidos porque los mandan a erradicar sembradíos en la sierra o a combatir grupos criminales en los estados más violentos, mientras que otros son asignados a tareas menos riesgosas y más redituables económicamente, como cuidar las fronteras en las aduanas o a vigilar los puertos marítimos.
Con todo ello, se le estará abriendo, de par en par, la puerta a la corrupción, interna y externa. Interna porque, igual que ocurre en la mayor parte de las corporaciones civiles, las mejores tareas o cargos de mando los tienen aquellos que pagan más o los amigos de los superiores; y externa porque los militares no están blindados contra las tentaciones que generan los grupos criminales.
No es ningún secreto el “río” de dinero sucio que corre en los cruces fronterizos.
Todo eso ira minando y descomponiendo a nuestro glorioso ejército mexicano, lo que indudablemente es peligrosísimo porque: ¿quién será el encargado de parar el desastre corruptor?
Peor aún se ve el panorama, porque ya empoderados los militares, no estará muy lejos el día en que algún generalazo se atreva a desafiar a su comandante supremo para destronarlo y, ¿quién lo evitará?
Nadie podrá evitarlo porque, le insisto, por encima del ejército no hay nada ni nadie, y es ahí se esconde el mayor riesgo de haberle cedido a la milicia el poder político y económico que hoy tiene.
Bajo esas circunstancias, pareciera que López Obrador no ha medido los riesgos de anidar en la casa de los militares la serpiente venenosa de la corrupción.
EL RESTO.
Esta semana será de mucho ajetreo político en la sede del Poder Legislativo del Estado.
Tres son los eventos que pondrán los reflectores mediáticos en el Congreso del Estado.
Uno: el gobernador, Américo Villarreal Anaya, acudirá al recinto legislativo para atestiguar la entrega de la medalla “Luis García de Arellano”, un acto que tradicionalmente reúne a la mayor parte de la clase política, sobre todo aquella que pertenece al partido en el poder, en este caso Morena.
Dos: la aprobación de una reforma al Código Civil de Tamaulipas, para dar paso al matrimonio igualitario. Se prevé una concentración masiva en las galerías del salón de plenos de integrantes de la comunidad LGBT, para festejar el hecho.
Tres: comenzará formalmente la construcción del andamiaje legislativo para darle forma al famoso Fondo de Capitalidad, que daría recursos presupuestales extraordinarios a Ciudad Victoria.
ASI ANDAN LAS COSAS.




