Por ROGELIO RODRIGUEZ MENDOZA.
Mario tiene 14 años. En septiembre cumplirá los 15. Su cuerpo extremadamente delgado lo hace ver incluso menor. Cualquiera diría que apenas ronda los 12 o 13 años.
Pese a su complexión frágil, es capaz de levantar una cubeta repleta de mezcla. Puede incluso hasta con un bulto de cemento. Prepara la mezcla y a diario mueve de un lugar a otro cerca de 100 blocks.
Todos los días, de lunes a sábado, se levanta a las 5:45 de la mañana para caminar casi dos kilómetros, desde la colonia donde vive, en la Capital del Estado, hasta una obra en construcción donde lleva tres meses trabajando.
Entra a las 8 de la mañana y sale a las cinco de la tarde. Excepto el sábado que termina su jornada al mediodía. A cambio recibe 1,200 pesos semanales con los que sufraga sus gastos y ayuda a sus padres a sostener el hogar.
Confiesa que no le gusta su trabajo. Quisiera haber seguido estudiando. No pudo. Sus padres no pudieron pagar la inscripción a la preparatoria.
Mario no conoce a San Juanita. Pero sus historias tienen mucha similitud. Ella todavía tiene cara de niña. Rebasa apenas los 13 años de edad. Desde hace seis meses cubre una jornada de ocho horas como paqueterita en una tienda de autoservicio en la calzada Luis Caballero.
“No tengo sueldo pero saco como 700 pesos a la semana en propinas” platica animada mientras empaca la despensa de un cliente. Dice que le gustaría mejor estar cumpliendo con sus tareas de la Secundaria pero debe ayudarle a sus padres.
En la tienda de autoservicio le advirtieron que no es empleada formal. Eso debe decir si la preguntan. Sin embargo, para efectos prácticos, San Juanita, como todos los paqueteritos cumplen una función que, de no ser por ellos , la empresa debería cubrir con trabajadores propios.
Los casos de Mario y San Juanita son apenas dos de cientos o miles de niños que padecen de explotación laboral. Las historias abundan por donde quiera.
Son historias que evidencian el fracaso gubernamental por garantizarles a los niños el derecho a la felicidad; a vivir en condiciones de bienestar; a recibir una educación de calidad; a ser atendidos cuando se enferman; a vivir protegidos contra toda forma de maltrato, abuso o violencia y a vivir en entornos familiares que les permitan el libre desarrollo de su personalidad.
De acuerdo con datos del Inegi, ocho de cada 100 niños de entre 5 y 17 años trabajan, y de estos el nueve de cada 10 realizan actividades no permitidas por la ley. En Tamaulipas, dice la Secretaria del Trabajo, Esthela Chavira, existen cerca de 45 mil niños en esas condiciones de abuso.
Le cuento de ello porque éste 12 de junio se celebró el Día Internacional contra el Trabajo Infantil. Otra celebración para la que no hay razón de ser. La brecha entre el discurso oficial y la realidad cotidiana es muy ancha porque cada vez son más los niños que se ven obligados a trabajar.
Dicho en otras palabras, la lucha contra el trabajo infantil es otra mentira en el quehacer gubernamental. Es una mentira infantil.
ASI ANDAN LAS COSAS.
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