Por ROGELIO RODRIGUEZ MENDOZA.
La sociedad mexicana sigue polarizada con el asunto de la detención de los ex gobernadores, Tomas Yarrington Ruvalcaba y Javier Duarte. Las opiniones se dividen entre quienes ven las aprehensiones como una auténtica lucha contra la impunidad por parte del Gobierno de Enrique Peña Nieto, y aquellos que consideran el hecho como una simulación del PRI, que busca, desesperado, congraciarse con los mexicanos para allegarse votos en el 2018 cuando estará en juego la Presidencia de la República.
Sin embargo, más allá de cual sea la verdad atrás de la captura de los ex gobernadores de Tamaulipas y Veracruz, hay algo sobre lo cual no hay duda: el sistema político mexicano sigue podrido.
Los casos de Yarrington y Duarte, más los que le precedieron y los que se les sumarán en las semanas o meses por venir, son apenas un mínimo referente del mar de corrupción en el que nada la clase política, y en especial aquella que detenta y usufructúa los cargos públicos.
No se trata de colores partidistas. Para nada. La corrupción no respeta siglas o filias. Hay corruptos en el PRI, en el PAN, en el PRD, en Morena, en Movimiento Ciudadano, y en cualquier membrete político que se presuma partido.
Desde luego, también los hay en los Ayuntamientos, por más chiquitos que lo sean, en los Gobiernos estatales y, por supuesto en el mismo Gobierno federal.
Bajo esa tesis, soy un convencido de que de muy poco o nada servirán las capturas de Yarrington y Duarte porque el problema de fondo ahí seguirá, igual o peor de grave de lo que ya es.
Si de verdad aspiramos, como sociedad, a cerrarle el paso a la corrupción, hagamos nuestra tarea que consiste en denunciar y exhibir a quienes se aprovechan de sus posiciones de poder para hincarle el diente a los dineros públicos. Le aseguro que no acabaremos con el cáncer porque soy también convencido de que la corrupción es naturaleza humana, pero por lo menos evitaremos que los servidores públicos y políticos se despachen con la cuchara grande.
Así, por ejemplo, si vemos que nuestro alcalde o alguno de sus colaboradores comienzan a inflarse de dinero sin explicación alguna, o si nos enteramos de que alguien se aprovecha del cargo para hacer negocio, denunciémoslo.
Lo mismo hagamos en el entorno estatal y federal.
Porque eso, el silencio social, ha sido la causa por la que han avanzado tanto la corrupción y la impunidad.
Dicho más claro: frenar el saqueo de los dineros públicos es algo que solo nosotros, los ciudadanos, podemos hacer. Es iluso suponer que los propios corruptos se cerrarán la puerta.
El asunto de Yarrington y Duarte, le insisto, es apenas un pretexto para hacer como que combaten la corrupción. En realidad, lo único que está haciendo el gobierno federal es arrojarle más carne a los leones para mantener entretenida a la audiencia, que somos usted y yo.
¿O usted qué dice?.
ASI ANDAN LAS COSAS.
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