Por ROGELIO RODRIGUEZ MENDOZA.
La fracción del Partido Nueva Alianza, (PANAL), el partido de los trabajadores de la educación, acaba de presentar una iniciativa de decreto que busca incorporar a la Ley de Educación de Tamaulipas, la obligación de los padres de inculcar en sus hijos el respeto a los maestros.
Sin duda, la intención de los diputados, Oscar Martín Ramos Salinas y Rogelio Arellano Banda, es muy buena. Excelente, pudiéramos decir.
Sin embargo, para desfortuna de los amigos legisladores, la suya también es una propuesta romántica, imposible de concretar en la práctica.
No es a través de una ley cómo se va a lograr recuperar ese respeto perdido hacia los docentes y hacia las mismas instituciones educativas. Ojala y eso fuera posible.
“Grosso modo”, los panalistas quieren establecer en la ley de Educación la obligación de los padres de, respetar y hacer respetar a sus hijos o pupilos, la autoridad del maestro o docente y las normas de convivencia de las escuelas.
Efectivamente, es urgente encontrar la forma de que nuestros niños y jóvenes respeten la autoridad de los maestros, tal y como sucedía hasta hace pocos lustros.
Los que somos adultos maduros seguramente recordamos con agrado y nostalgia el respeto que nos infundían y nos merecían nuestros profesores. Su palabra era ley en las escuelas. Sus decisiones valían igual o más de las que tomaban nuestros padres para con nosotros.
Pobre del que se atreviera a ofender o desatender una instrucción del maestro. Nos iba como en feria, por partida doble: primero con un castigo escolar y luego con una tunda en el hogar.
Hoy, sin embargo, ese respeto hacia los profes se ha pulverizado, y mucha culpa de ello la tenemos los mismos padres porque no hemos sido capaces de inculcarles a nuestros hijos la trascendencia que tiene en su vida la figura del docente.
En vez de ello, hemos contribuido a que esa veneración que merecen los docentes por el papel tan importante que juegan en la formación de nuestros chamacos, se debilite cada vez más.
Contribuimos a ese deterioro de la figura de autoridad del maestro cuando nos enfurecemos porque éste le aplico un castigo o reprimenda a nuestro hijo. En vez de sumarnos al acto disciplinario corremos de inmediato a presentar una queja ante la Comisión de Derechos Humanos o denunciamos públicamente el “abuso” ante la prensa o en las redes sociales.
La consecuencia es inevitable: nuestro hijo se envalentona y automáticamente le damos vía libre para que persista en su conducta reprochable, y de paso demeritamos la figura del maestro frente al resto del estudiantado.
Por todo ello, es urgente hallar la manera de que reposicionemos al maestro como una figura de respeto y autoridad entre nuestros hijos.
No obstante, la alternativa que proponen los diputados del PANAL no es ni por tantito la solución. Si fuera así, nuestra sociedad sería un paraíso porque bastaría con colocar en la ley cualquier situación que nos agobiara para remediarla.
Debe haber otro camino. ¿Cuál? No sé. Esa es una tarea que deben hacer suya las autoridades educativas. Pero deben darse prisa. Alguna forma debe haber para que, poco a poco pero con prisa, le devolvamos a los profes ese respeto que merecen.
Si lo logramos seguramente estaremos poniendo fin a tanta violencia en las escuelas, pero al mismo tiempo comenzaremos a formar mejores generaciones de ciudadanos.
ASI ANDAN LAS COSAS.


