Por ROGELIO RODRIGUEZ MENDOZA.
Hasta hace pocos años, seis o siete quizás, los tamaulipecos, y en particular los victorenses, nos preocupábamos y nos atemorizábamos cuando sabíamos de algún asesinato o secuestro. Nos asombraba también, en exceso, ver a un grupo de soldados o Marinos patrullando las calles.
Eran tiempos donde la delincuencia era, lo que los sociólogos considerarían como “normal” en todo conglomerado social. Los ciudadanos éramos sensibles frente al drama de un crimen pasional; de un homicidio pandilleril, o de cualquier otro tipo de crimen.
Le cuento de ello porque, sin darnos cuenta, de pronto nos hemos convertido en una sociedad insensible frente a los embates y atrocidades de la delincuencia. Ahora vemos o tomamos con absoluta normalidad las noticias que nos informan de ejecuciones, secuestros o de cualquier otro delito.
Las emociones si acaso se alteran en función quienes o cuantas sean las víctimas. Pero si el asesinado o el secuestrado es alguien desconocido, o sin influencia en el ámbito político o económico, recibimos la noticia dentro de una completa normalidad.
Seguramente usted lo habrá notado también que, cuando en la calle nos encontramos a un convoy militar, ya ni volteamos a verlos. Se han convertido en algo tan cotidiano que lo vemos de lo más normal.
En suma, le hemos perdido el miedo a la muerte y al delito en general. Pareciera que, a una y otro, los consideramos parte natural de nuestro vivir diario.
En nuestro lenguaje cotidiano los términos “levantones”, ejecuciones, secuestros, y otros parecidos, han pasado a ser de uso común y recurrente entre nosotros, que ya nadie o muy pocos se asustan cuando , en redes sociales sobre todo, nos informamos unos a otros de alguna “situación de riesgo”.
Y eso es, en mi opinión, un grave peligro.
Cuando, como seres humanos, le restamos importancia o nos volvemos insensibles frente al bien más preciado que tenemos, que es la vida, estamos propiciando que esa insensibilidad se traduzca en más violencia delincuencial.
En razón de ello creo que, independientemente del esfuerzo que debe seguir haciendo para , a través de la fuerza policial y militar, frenar a la delincuencia, la autoridad tendrá que diseñar una estrategia paralela para evitar que esa insensibilidad social frente al delito alcance mayores niveles.
Debe ser así porque, cuando las personas en general comenzamos a ver como “normal” el privar a alguien de la vida o cometer un secuestro, estamos en el camino de la autodestrucción.
Para muchos seguramente será una exageración esta teoría, pero preferible exponerse a la sorna y a la critica que quedarse callado frente a una realidad evidente.
Si no me cree, simplemente analice su entorno y sabrá de lo que le hablo. Escuche a sus familiares y amigos hablar de cualquier evento delictivo, y se dará cuenta de que se refieren a ello como si le narraran algo sin importancia. Ya nadie se asusta ni se preocupa, a menos que se tenga vínculo directo con la víctima.
Algo tenemos que hacer, y rápido.
EL RESTO.
EN NUEVO LAREDO, el alcalde electo, Oscar Enrique Rivas Cuéllar, está sentando un precedente histórico.
Resulta que, en su comité de enlace para el proceso de transición del Gobierno municipal, el diputado con licencia, decidió dar participación activa a representantes de la sociedad civil y en particular de la iniciativa privada.
“Siempre he sido un convencido de que en política no hay formatos ni esquemas hechos a la medida. Que la participación ciudadana es vital para que el poder se ejerza con sentido humanista. Con verdadera, franca y abierta retroalimentación” mencionó.
Sin duda, la decisión de Rivas Cuéllar significa iniciar con el pie derecho su ejercicio de Gobierno. Genera , además, la certeza de que dará continuidad al destacado trabajo de Carlos Enrique Canturosas Villarreal.
ASI ANDAN LAS COSAS.
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