¡Qué difícil es actuar inteligentemente si la sociedad se vuelve estúpida!
José Antonio Marina
Escribo esto mientras Reino Unido vota, libre y democráticamente, a favor de su destrucción. En estos últimos meses (años) nos la hemos vivido leyendo, viendo, escuchando noticias, en México y el mundo, que resultan abrumadoras por lo que revelan de nosotros, seres humanos, como individuos y sociedades. Y el grado de irracionalidad, individual y colectiva, al que nos entregamos como niños a los brazos de su madre, sin preocuparnos por las eventuales (siempre previsibles) consecuencias. Pienso en Egipto con una primavera que le costó miles de muertes, saqueos e incendios y, cinco años después, sumido en un hoyo de miseria y violencia. Pienso en Venezuela y su fallido plan bolivariano que, dos dictadores después, los tiene en la devastación económica y al borde de la guerra. Pienso en Trump y sus “ideotas” que tan felices hacen a tantos idiotas. Pienso en la CNTE que hoy tiene a su estado nodriza, Oaxaca, sumido no sólo en la violencia y la miseria, sino en el desabasto, el caos y la muerte. Pienso en Grecia, votando por el más irresponsable de sus demagogos. Pienso en Reino Unido a punto de votar no sólo por su sentencia de ahorcamiento, sino la de todas las economías del mundo… En fin, ejemplos sobran para ilustrar cómo los seres humanos decidimos actuar en contra de nosotros mismos (eso por no hablar del cambio climático, los prejuicios religiosos, la corrupción como pegamento social, la homofobia, misoginia y el machismo, el prohibicionismo y tantas otras actividades “humanas” que laceran y, por lo tanto, nos laceran colectivamente).
“¿Por qué las sociedades toman decisiones que llevan a su destrucción? ¿Por qué ese entusiasmo bélico que acomete a las masas? ¿Quién se atreverá a un Ensayo sobe la Estupidez como motor de la Historia? (…) Me he preguntado si junto a una teoría de la estupidez individual habría que elaborar una teoría de la estupidez colectiva”. Estas son algunas de las preguntas con las que el genial pensador español José Antonio Marina abre el maravilloso ensayo Las culturas fracasadas, en el que indaga por qué los seres humanos somos expertos en destruir aquello que nos fortalece, en matar lo que amamos y en dinamitar todo lo que vale la pena dentro de lo que hemos ido construyendo. Somos una especie a la que nos gusta generar conflictos. Porque le dejamos toda la toma de decisiones al lado menos racional de nuestro sistema: nos gusta vivir de los sueños y la esperanza, aunque sea vivir en la ficción. Porque creemos que la realidad, cuando no le acomoda a nuestras pasiones, es digna de ser dinamitada (aunque la explosión nos cueste la pérdida de las extremidades). Y cuando sí le acomoda, también es digna de ser dinamitada (porque nos aburre, queremos más, “otra cosa”). Siempre en la ruta de la autodestrucción. Y el motor es la sed de poder, la vanidad y el egocentrismo de unos cuantos, y la necesidad de ser timado de unos muchos. Pero siempre terminamos tomando colectivamente decisiones que no son racionales. Incluso cuando hemos construido instituciones y herramientas que nos protejan de nuestra estupidez, llegamos siempre al punto de destrozarlas porque no soportamos ser nuestros propios vigilantes (convertidos en opresores carceleros, llegado el punto en que nuestro instinto de “agentes de cambio” nos lo exija). Y el discurso más poderoso para llevar a las sociedades a su autodestrucción es el del odio. Y su promesa es siempre la de una venganza no dicha. Y su resultado la decepción y arrepentimiento de ver que fuimos capaces de incendiar nuestra casa. Somos poco aptos para entender que los cambios relevantes son producto de la razón, la estrategia, la inteligencia, planeación y la cooperación. No de la cavernaria tendencia a creer que todo se resuelve con la brutalidad, la rabia y el uso de la fuerza. Y es que no somos ni los seres más evolucionados ni los más inteligentes de la Tierra, ¿o qué otra especie destruye todo a su paso, incluidas las ropas que viste o la casita que se construyó? Eso por no hablar de cómo somos capaces de matar porque queremos la casita de al lado (para luego destruirla, también ésa).
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