Nadie puede negar el potencial de Latinoamérica. La riqueza que dio la naturaleza a esta parte del planeta es indiscutible: petróleo, tierra fértil, pastizales ganaderos, aguas llenas de oferta pesquera. Y aquella otra, valiosísima característica, la de los millones de personas que viven aquí y todo el capital humano que eso implica. Somos una zona que debería estar catalogada como una de las más fuertes del planeta, pero toda ella está contagiada de la misma enfermedad. No importa si quienes la dirigen son de derecha, centro, izquierda o forman un régimen disfrazado de democracia. A Latinoamérica le está haciendo daño tanta corrupción que emerge de todos los gobiernos que la forman.
Lo que sucedió esta semana en Brasil fue histórico… y también algo lleno de absurdos. Dilma Rousseff está fuera del gobierno por 180 días, no fue por los cargos de corrupción que habían sonado desde hace meses, sino por algo sin duda grave, pero menor a aquellos escándalos: el uso de créditos bancarios para cubrir así los déficits en su presupuesto. El voto de 55 senadores la sacó de la Presidencia de Brasil. Y entre los varios absurdos, tuvimos a Fernando Collor de Mello, expresidente acusado de tráfico de influencias durante su gestión, hoy vuelto senador y señalando a Rousseff de corrupta. Sin duda lo que ha ocurrido en Brasil desde hace varios meses –desde los últimos en que Lula Da Silva estuvo en funciones– ha sido uno de los golpes más dolorosos para una Latinoamérica que le estaba apostando a una izquierda que se decía sacudida de los vicios de una derecha de la que no resultó tan diferente.
En Perú vimos hace unas semanas que la próxima presidenta será Keiko Fujimori, porque parece que los peruanos le han perdonado todo al padre. O el padre ha sabido colocar a su hija al frente del gobierno que alguna vez ocupó y que a su salida lo mandó a prisión por crímenes de lesa humanidad. Y a la llegada de Keiko, será entonces Ollanta Humala quien deberá responder a los señalamientos que han hecho sobre su participación en la recepción de sobornos por más de tres millones de dólares en 2011.
Guatemala había sido, para muchos, el ejemplo de cómo resolver escándalos de corrupción. La destitución de Otto Pérez llenó de esperanza a todo un continente que no ha visto descansar la mano de la protesta por los tantos malos manejos que se ven (imaginemos a todos los que se esconden). Pero a la salida de Pérez Molina, llegó Jimmy Morales, un comediante televisivo a quien ya le están encontrando fallas en la transparencia de su gestión y no tiene más de seis meses en el cargo. Su victoria fue más por el hartazgo que la ciudadanía sentía debido a la corrupción de Pérez que por verdaderamente representar el cambio necesario para aquel país.
Estos tres ejemplos son parte de la larga y triste lista donde se observan todos esos tumores que hoy tiene América Latina. Venezuela como uno de los más tristes ejemplos de lo que la locura hace de un país que está secuestrado por ella, aún incluso tras la muerte de Hugo Chávez. Maduro no ha cesado en su intento por cerrar las posibilidades de desarrollo a costa de la libertad de sus ciudadanos. Y por ahí está Evo Morales como parte de ese eje bolivariano que comienza a caer a pesar de todas sus promesas. Nuestro país ahí, inmerso también en esa ola que no es nueva. En los últimos días he dedicado este espacio a hablar de esas prácticas partidistas que hemos visto desde hace décadas y que están presentes incluso en quienes sueltan discursos de cambio. El PRI regresó a Los Pinos y su curva de renovación de pronto se fue en picada, porque el ADN de la corrupción está presente aquí y en toda Latinoamérica. Y no es que no tengamos potencial para cambiar el rumbo, pero la enfermedad está más avanzada de lo que los diagnósticos quieren aceptar.




