El papa Francisco es un hombre al que le gusta incomodar a los cómodos.
Eso no sólo significa señalar por su nombre los males y apelar a la conciencia de quienes los provocan, sino también atajar las preconcepciones.
Todo ello hizo durante las primeras 48 horas de su estancia en México.
Mucho se ha hablado y escrito desde el sábado pasado sobre los señalamientos que Jorge Mario Bergoglio ha realizado sobre las situaciones y los personajes que condenan al país y sus habitantes a un desarrollo excluyente e inequitativo.
Los malos prelados que atienden más a los modernos faraones que a los creyentes. Los narcos con las manos manchadas de sangre y los bolsillos llenos de dinero sórdido. Los dirigentes que frenan el acceso de muchos –los descartados, los excluidos– a bienes materiales y espirituales indispensables. La concentración de privilegios y beneficios en pocas manos, lo cual se vuelve un terreno fértil para plagas como la corrupción, el narcotráfico y la violencia…
Es obvio que el Pontífice no ha defraudado las expectativas de que vendría a México a señalar por su nombre todo aquello que ha sido fuente de sufrimiento para las mayorías.
Y, sin embargo, ha hecho más que eso: sacudir el conformismo y el derrotismo que están en la base del sobrediagnóstico de nuestros problemas y nuestra incapacidad para hacerles frente.
A todos queda claro lo que nos duele como país, pero casi nunca nos mostramos dispuestos como sociedad a realizar los esfuerzos necesarios para salir del agujero o a dejar de flagelarnos incluso por aquello que hacemos bien.
Esa actitud también es parte de lo que ha venido a subvertir el Papa: el México que se cree condenado a vagar eternamente por su laberinto de soledad, el que se limita a lamerse las heridas y a señalar culpas, pero sin asumir compromisos de cambio.
Si algo me ha gustado de las palabras de Francisco, más que hablar de los problemas que todos conocemos, es su capacidad para señalar la salida.
“Les ruego no caer en la paralización de dar viejas respuestas a las nuevas demandas”, dijo a los obispos en la Catedral Metropolitana.
Esa frase, igual que la mayor parte de ese discurso, es un traje a la medida para esta sociedad y no sólo para la cúpula eclesiástica, que, aunque duela aceptarlo, es reflejo del país.
Éste es un Papa que no se queda en lugares comunes. Frente a la idea que tienen muchos mexicanos de que los narcos son una suerte de héroes sociales, atrevidos para violar la ley y astutos para amasar ganancias, el jefe de la Iglesia católica los paró en seco: son sólo criminales, “traficantes de muerte”, y sus acciones hacen peligrar a todos.
En su llamado a que todos sean incluidos en las labores de construcción de esa casa común que llamamos patria, encuentro, por supuesto, el reclamo a los poderosos para que cesen de producir marginados, pero también el que todos nos hagamos cargo de nuestro destino común.
En palabras del Pontífice: “La responsabilidad personal de cada uno, con pleno respeto del otro como corresponsable en la causa común de promover el desarrollo nacional”.
Han sido múltiples los exhortos del Papa a que México se levante y alcance su potencial, a “hacer de esta bendita tierra un lugar de oportunidad para todos”, un lugar donde la “desesperación de muchos no sea el oportunismo de unos pocos”. También ha sido constante en apelar a la solidaridad cristiana que prohíbe mantenerse insensible ante las necesidades de los semejantes.
Yo escuché al Papa decir más que un listado de calamidades. Para mí fue muy claro que puso en duda la noción de que el narcotráfico es una simple expresión de la picaresca mexicana y que la corrupción está fatalmente ligada a nuestro destino.
No sé cuántos habrán escuchado lo mismo. Estoy seguro de que a algunos les pareció haber oído sólo lo que cuadra con sus obsesiones ideológicas o lo que refuerza su tendencia a la conmiseración.
Otros no han de haber escuchado o entendido nada. Sólo querían aparecer en la foto, besando la mano de un hombre popular, seguros de poder sacar provecho del momento, y al día siguiente volver a sus modos egoístas, prepotentes e insinceros.



