Lo he dicho hasta el cansancio: las crónicas del absurdo. Todo lo que durante estos días he leído sobre el Estado Islámico parece extraído del diccionario de los sinsentidos. Durante los años que tengo al frente de un espacio informativo he dado cuenta de las tantas y variadas atrocidades que sus militantes han cometido “en el nombre de Dios”. Porque así lo entienden; porque así son de intolerantes. Sin embargo, aún más irracional me resulta que, según se cuenta en el libro, Mi vida en Al-Qaeda, la mayoría de quienes se han integrado al EI son extranjeros que no nacieron siendo musulmanes, sino que dan el salto a esa religión con la finalidad de volcar, a partir de ella, todas sus frustraciones y resentimientos. Así lo cuenta Morten Storm, el autor y un exyihadista de origen danés, que hoy tiene 39 años. En él narra su proceso de conversión a la ideología de la “guerra santa” en 1997, cuando vivía entre Yemen y Londres; ese camino para radicalizar su postura, hasta que comenzó a trabajar junto a personajes ligados a Al-Qaeda. Morten cuenta que la mayoría de los jóvenes no musulmanes que conoció dentro de la agrupación de Bin Laden se convirtieron al Islam arrastrando una vida complicada. Fue así como el islamismo les abrió una puerta a tener un estilo de vida que justificara su camino a la delincuencia. Lo cuenta desde su experiencia, por lo que vio y vivió: su padre era alcohólico y su padrastro lo maltrataba.
El Islam le otorgó la “paz” que necesitaba, pero su interpretación llegó a un punto de radicalismo, de locura por un estilo de vida lleno de esquizofrenia. Se llenó de odio, dice, y se hizo muy intolerante. Hace unos meses, en una entrevista que concedió a la cadena CNN, Morten contó cómo, incluso, a pesar de las fobias que los islamistas tienen para con el estilo de vida occidental, él mismo se encargó de “conseguirle” una esposa europea a uno de los líderes de la agrupación. Así de congruentes.
Hoy, según lo dicho por Storm, el EI agrupa a más de 31 mil 500 personas, una cifra que representa mucho más de lo que fue Al-Qaeda, pero señala que 80% de los militantes que conoció eran extranjeros. Jóvenes que sin haber nacido musulmanes (menos aún, fervientes seguidores de un pensamiento radical), ven en el adoctrinamiento del Islam como una oportunidad “para volcar sus odios”.
Así explicaríamos en parte cómo es que el EI haya logrado reclutar a tantos jóvenes, hombres y mujeres (porque aunque usted no lo crea, también hay mujeres en sus filas aunque éstas sean consideradas “ciudadanas de segunda clase”) de todas partes del mundo que están dispuestos a morir en nombre de la organización. Tan enfermo (aunque eficaz) ha sido el adoctrinamiento que, incluso, esa pulsión asesina, ha provocado a cientos de “lobos solitarios”: jóvenes que sin ser formalmente parte de la organización actúan por cuenta propia y sin instrucciones previas. ¡Como si no pudiera ser aún peor!, pues así, con lo que entienden y con los recursos que cuentan es que ejecutan acciones que los hace profundamente peligrosos. ¿Cuántos casos hemos visto de jóvenes que parecían inofensivos, pero que resultan asesinos potenciales que llegan a perpetrar crímenes dentro de sus escuelas? Todos son el blanco de reclutamiento del EI: jóvenes con ganas de sacar todo ese odio en falsas ideas sacadas de contexto.
Nos seguirá pareciendo incomprensible que haya tantos jóvenes dispuestos a matar y morir, a vivir sus días con una sentencia de muerte firmada a voluntad, porque vemos que cualquier miembro del EI tiene sus días contados. El mismo Morten Storm, aunque logró salir del EI, vive hoy bajo constantes amenazas de muerte: el año pasado se difundió en internet un video en el que islamistas le disparan a una fotografía suya. Porque (como en el narco) una vez que ingresaste, aunque huyas, ya no puedes volver a vivir en paz.



