Por Yuriria Sierra.
“Rashina viene de Kobani, Siria. Tiene cuatro años y ha viajado por medio mundo para llegar hasta Europa. En la imagen, descansa en una cama improvisada mientras espera un tren en la frontera de Macedonia que le lleve a otros puntos de Europa en busca de un lugar donde establecerse…”, así se leía el pie de foto publicado en la versión web de El País. Un asunto que se ha convertido en cotidiano para una pequeña que estando despierta corre, sí, corre por el campo, no para huir de los monstruos de su imaginación, sino de los que la orillan junto a su familia a buscar refugio en otro país. Siria ha estado en conflicto bélico desde 2011, desde entonces miles de ciudadanos decidieron huir, optaron por la difícil decisión de salir en busca de otro piso donde construir un nuevo techo. Valiente decisión, no me atrevo a imaginar los horrores de la guerra que se vive diario, la que despierta con estruendos a medianoche, la que vuelve noches a los días con explosiones que lo oscurecen todo, que inundan de polvo lo que está a su paso. Y, claro, la que cuenta miles de muertos y sangre de inocentes. Y el de ella es sólo un caso de millones.
Según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, el año pasado se registró la cantidad más alta de desplazados forzosos: 60 millones de personas, rebasando el índice registrado en la Segunda Guerra Mundial. De esos, 19.5 millones de personas son refugiados. La diferencia entre unos y otros es que los desplazados dejan sus hogares para establecerse en otro territorio dentro de su propio país. Los refugiados deben cruzar las fronteras de su nación, dejar su cultura y su idioma. Ambos son terribles e injustos. Nadie debería abandonar la tierra en la que nació, en la que decidió hacer una vida y ver a sus hijos crecer. Nadie debería renunciar a un arraigo que es identidad, que forma y hace sentir a cualquier individuo parte de una sociedad.
Una vista al mar, un azul tan fuerte que se pierde, se funde y se confunde con el cielo. .Justo ahí, como una herida en ese azul costero, están cientos de cabezas batiéndose para luchar contra el naufragio, el metafórico y, el literal: no perder de vista la tierra firme —y no perder la vida—. Así se veía en otra imagen publicada por El País. Las fotografías de reporteros del mundo que cubren estos hechos no son tan distintas: familias que corren en el desierto para escapar de la policía; familias enteras detenidas en medio del bosque; ciudadanos sirios en su intento por llegar a Turquía, Grecia, Serbia o Hungría; trenes y autobuses en los que el sudor, la angustia, la esperanza y el miedo, constituyen la mezcla migratoria de la era…
La Unión Europea no ha sido testigo ciego de esto: ha destinado a países como Macedonia partidas que intentan ser suficientes para costear la llegada de miles de nuevos habitantes. El dinero nunca alcanza; el fenómeno de la migración ha rebasado por completo la capacidad receptora de los países que se han vuelto su refugio. Estimados de la Cruz Roja Internacional dan cuenta que han llegado a ser más de seis mil personas las que cruzan lafrontera con Serbia. Y ésta no es la única región en el mundo en donde irse es la única opción para conservar la vida. En África ocurre el mismo éxodo, provocado por conflictos de violencia, por la guerrilla o los cruzados del islam que mantienen en vilo a poblaciones enteras, como en Nigeria y su propia yihad. Aquí mismo, en México, cuántas familias han huido ante la presencia del narcotráfico. En mayor o menor medida, la migración vinculada al horror ocurre en todo el mundo, pero sólo en casos muy particulares, como en Siria es que nos detenemos a observarla. Y es, por decir lo menos, uno de los más inhumanos e injustos actos que cualquiera debería jamás hacer: irse de su propia casa para buscar una paz que les ha sido arrebatada o —peor aún— que jamás les ha sido familiar…



