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De gladiador a carne pa’los leones

Por Yuriria Sierra.

“Retengamos un momento esta imagen en la memoria: una muchedumbre de fotógrafos, de paparazzi, avizorando las alturas, con las cámaras listas, para capturar al primer suicida que dé encarnación gráfica, dramática y espectacular a la hecatombe financiera que ha volatilizado billones de dólares y hundido en la ruina a grandes empresas e innumerables ciudadanos. No creo que haya una imagen que resuma mejor el tema de mi charla: la civilización del espectáculo…”, escribe Mario Vargas Llosa en el ensayo La civilización del espectáculo. En los últimos días hemos visto tantos ejemplos de cómo estamos alertas a ese tipo de momentos. A la fuga de El Chapo nos quedamos expectantes a las renuncias que no llegaron. Entonces el villano se vuelve héroe, yo lo llamé el “villano favorito”, porque puso en evidencia la vulnerabilidad de un Estado a quien tomó por sorpresa. Pero nos aferramos a la idea de que algo, alguien, será siempre el único responsable de nuestros males. Llegaron, entonces, los índices de la pobreza y, de nuevo, esperando cabezas.

Hace un par de años, cuando Miguel Herrera llegó a la Selección Nacional de futbol comenzó a vivir la gloria. Se convirtió casi en un héroe nacional. Tras el Mundial de Brasil de 2014 regresó junto con sus jugadores con la cara en alto, se llegó tan lejos como se pudo. El Piojo se convirtió así en gladiador, para una sociedad a la que le sobra esperanza, pero le faltan anclas que la hagan permanecer a flote.

Ha sido —es—  curioso cómo los asuntos de futbol tienen fácil entrada a la analogía que se refiere a todo lo que somos. México se refleja en un balón y no como metáfora simplona, todo lo contrario. Se escribieron varias cosas —en este espacio también lo hicimos— sobre lo ocurrido en el partido semifinal de la Copa Oro, aquel penal que no debió ser, pero que sí se anotó y dio paso a la llegada de la selección a la final, que ganó el domingo pasado. Somos campeones. En fin, lo curioso es que en los  textos que se escribieron sobre esto (de la pluma de Carlos Puig, León Krauze, Gabriela Warkentin, por mencionar algunos) coincidía en ese hartazgo que sentimos sobre una coyuntura a la que le falta un alimento para la esperanza. Cuánto ha sucedido y qué tan poco ha llegado a manera de solución. A pesar de tanto, seguimos viviendo en un cotidiano en donde nada cambia, pero todo está presente.

El fin de semana, el presidente Enrique Peña Nieto decía, en el encuentro Unidad para continuar con la transformación de México, que “Hoy no hay espacios para proyectos personales. Hoy es momento de un proyecto de nación…”, me quedé pensando cuándo sí sería momento. ¿Qué debemos esperar a que suceda para entonces, en serio, comenzar a cambiar la narrativa? Y no es que sea asunto de una varita mágica pero, al menos, nos deben un discurso que se sienta distinto. Y no sólo del lado de los priistas, sino de todos los que hoy suspiran por 2018.

Hace unas semanas, tras el escándalo de la FIFA, también hablamos del futbol como ese pegamento social tan necesario, como esa herramienta utilísima para aglomerar sociedades y que, de igual forma, nos falló con sus escándalos de corrupción.

Quien hasta ayer fue director técnico de la Selección Mexicana de Futbol comenzó a vivir la debacle de lo que fue la cumbre de su carrera. Se hizo el personaje favorito de la afición, pero comenzó a tomar malas decisiones y a hacer a un lado a la contención de un carácter que lo llevó a enfrentamientos en más de una ocasión. El Piojo Herrera pasó de ser gladiador del circo romano a carne para los leones. Tras el episodio en un aeropuerto con comentaristas de TV Azteca fue lanzado de inmediato al centro del ruedo y, finalmente, devorado por quienes hasta hace unas semanas lo defendían, la misma Femexfut.

Aquel ensayo de Vargas Llosa se resume en lo patéticas que se vuelven las sociedades cuando son capaces de volverse espectadoras de espectáculos tan degradantes, a la espera de la caída de quienes se consideran villanos, como si ello implicara la resolución de nuestros males. Muy bien, El Piojo se fue, pero quedan aún el resto de los villanos. Y nuestra realidad no cambiará con la salida de algunos, nos hace falta comenzar una narrativa a la que no le hagan falta falsas anclas para la esperanza.

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