Por Rogelio Rodríguez Mendoza.
Aunque sucedió hace muchos (muchísimos) años, aún tengo fresca en mi memoria aquella cintariza que me pegó mi padre por culpa de mi maestra de quinto año de primaria. Desesperado porque no podía resolver un ejercicio de matemáticas, tome mis útiles escolares , camine hacia la puerta y abandoné el salón.
Mi profesora me ordenó a gritos que me detuviera, que regresara al aula. No le hice caso. Ni las amenazas valieron. El niño valiente, pero incapaz para resolver una simple división, retó a su educadora y salió, inmutable, de aquella escuelita primaria de un ejido del municipio de Hidalgo. Nunca lo hubiera hecho.
No había transcurrido ni una hora cuando la profesora se apersonó en mi hogar. “Solo le vengo a pedir que hable con su hijo, señora. Por favor no le vayan a pegar” recomendó a mi madre, luego de narrarle el arrebato de valentía e indisciplina del escuincle inepto, que escuchaba la plática, escondido y atemorizado en una esquina de la casa, fuera de su vista.
Y efectivamente, mi madre no hizo nada, salvo contar a mi padre lo sucedido. La consecuencia fue inevitable: el precio de mi arrebato escolar fue una media docena de cintarazos.
Eso, como le decía, fue hace bastantes años, pero hoy, a la distancia, créame que le agradezco a mi profesora , Irene Villafranca, aquel episodio. Gracias a esa férrea disciplina que me impusieron en la escuela y en mi hogar, pude conquistar mis sueños de niño. Uno de ellos el de ser periodista.
Hace algunos meses me reencontré con mi maestra de primaria en un mitin político. Me reconoció a 20 metros de distancia y nos saludamos emocionados. Quise recordarle aquel episodio y otros muchos más que viví a su lado, para agradecérselo, pero las circunstancias no lo permitieron. Me lamente. Espero tener una nueva oportunidad para hacerlo.
Siempre he creído que el mejor reconocimiento que puede recibir un maestro, es que un alumno se le plante enfrente y le diga con sus propias palabras lo que siente por ella o por él.
Eso es precisamente lo que le pido a mis hijos cuando me platican lo bueno que son algunas de sus maestras y lo mucho que han aprendido de ellas. “Díselo a ella directamente o escríbele una carta ”, le recomendé a mi hija adolescente, ahora estudiante de bachiller, cuando me platicaba lo agradecida que se siente con su maestra de matemáticas de la secundaria, por haberla preparado tan bien.
“Gracias a mi maestra Ramona no tengo problemas para entender el álgebra. Cuando veo a mis compañeros cómo batallan, me acuerdo inmediatamente de ella” me platicaba.
Desde luego que me tomó el consejo. Escribió la carta y la entregó a su maestra Ramona en la Secundaria General Uno. Supe el contenido del mensaje escrito en aquella misiva, y si a mí me provocó las lágrimas no quiero imaginar lo que sucedió con su destinataria.
Le hablo de todo ello porque hoy se festeja el Día del Maestro, y creo que es una buena oportunidad para que cada quien agradezcamos personalmente a los maestros la labor que hacen con nuestros hijos.
En mi familia tenemos una maestra. Mi hermana Lupita ha dedicado más de dos décadas a educar a niños de primaria. Es de las maestras de verdad, de vocación, de aquellas que se formaron bajo el auténtico normalismo. Por eso quiero abusar del espacio y hacerle desde aquí un reconocimiento público por esa invaluable tarea que realiza.
Un reconocimiento que hago extensivo para todos los auténticos maestros. En particular para mí maestra Irene.
ASI ANDAN LAS COSAS.




