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¿Por qué Maduro no se va?

Por Yuriria Sierra.

¿Qué oscuras fantasías cree que cumple Nicolás Maduro cuando no es capaz de irse voluntariamente? ¿Qué heridas de la autoestima cree que subsana llevando a su pueblo entero al hambre, a la violencia y a la muerte? ¿Qué tanto aferrarse al poder cuando tu país se encuentra desgarrado y al borde del colapso, si no es que ya de lleno en él? ¿Alguien lo presiona para quedarse ahí, cuidando qué intereses? ¿O él solito? ¿O qué otras preguntas nos deja lo que ha sucedido en Venezuela las últimas 72 horas, por decir lo menos? A los ojos del mundo, pocos países han sido tan cuestionados unánimemente y por tantos años. De Venezuela se han contado mil historias.

Todas bajo el mismo hilo conductor: el autoritarismo con el que son gobernados sus más de 31 millones de habitantes y la miseria que esto les ha provocado. Peor aún, el autoritarismo que se aferra, de la mano de las más inverosímiles narrativas, a seguir en el poder. Ya le habló una vez un pajarito al presidente Maduro, un pajarito que fue, para él, la representación de Hugo Chávez; ya habló en nombre de Cristo, aseguró que “se hizo en verdad en Chávez”; ya dio fe de la aparición del expresidente venezolano un objeto en el que vio su silueta; ya habló de los planes de sus enemigos para envenenarlo.

Nicolás Maduro sigue ahí, ostentándose como el presidente de un país al que sólo ha podido darles bienestar en forma de mediocre burocracia. Su viceministerio para la Suprema Felicidad Social no ha detenido la caída de la economía que, a decir de expertos, ha llegado a un millón por ciento de inflación. Tan sólo el mes pasado, la Comisión de Finanzas de la Asamblea Nacional registró 125% de inflación, datos oficiales. Ni los tres ceros que quitará a su moneda a partir de septiembre, podrán revertir el daño que ya se ha hecho a la economía de todos, todos y cada uno de los ciudadanos.

Las manos de Maduro lo controlan todo. Y lo destruyen todo. Por ello el colapso de todos los servicios. No hay uno solo que se salve. El transporte, la electricidad (que incluso presenta fallas en actos oficiales), el agua (el 40% de los venezolanos sufren escasez severa por falta de mantenimiento, según Hidrocapital, la empresa del Estado encargada del suministro). También los servicios de salud. Apenas el mes pasado, la Comisión de Desarrollo Social del Parlamento reconoció que el 88% de los hospitales del país no cuenta con medicamentos y que el 100% no tiene laboratorios con capacidad operativa. Esto, por supuesto, ha elevado los servicios privados: una cita médica llega a costar más de 200 dólares. El nivel de producción de petróleo está en su nivel más bajo, con base en la OPEP; pero el gobierno cita otras cifras más lejanas a la realidad, pero más acordes a la narrativa que les permite seguir con su dolorosa farsa.

Maduro hace lo posible para mantener a raya a la oposición, que desde sus trincheras sigue en lucha. Evidentes violaciones a los derechos humanos, persecución política, límites a la libertad de expresión. El gobierno venezolano es hoy el espejo más crudo de régimen autoritario dispuesto a todo lo que dé, ahora sí literalmente, el imaginario: un atentado que generó detenciones y operativos del que no se ha visto una sola imagen. No hay nombres, no hay caras, no hay evidencias archivadas. Sólo un escándalo mediático que le sirvió para movilizar a sus seguidores. Del presidente ahora mártir que lucha contra enemigos arropado por su pueblo, por esa parte del pueblo que aún lo respalda a pesar de sus propias condiciones de supervivencia.

La culpa es de EU; la culpa es de Juan Manuel Santos, asegura. Pero lo cierto es que Venezuela entró el sábado en nuevo nivel de autoengaño. El que está narrado a través de la paranoia madurista. ¿Qué tan difícil es aceptar que el tiempo terminó? ¿Qué tan grandes son los laberintos del ego y narcisismo? ¿Qué tan costoso puede ser? Los hechos del sábado nos hacen pensar que, tristemente, aún no lo hemos visto todo. ¿O tan relevante para el crimen organizado de la región es que él permanezca en ese cargo hasta que, de verdad, ahí sí de verdad, alguien decida acabar con su vida? De otra forma: ¿por qué no se va? Incomprensible.

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