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Yarrington y la narcopolítica

MENENDEZPor Jorge Fernández Menéndez.

Para mi padre, Emilio, que me enseñó a vivir plenamente y sin miedo.

En este espacio, desde 2011, hemos insistido en la necesidad de investigar a Tomás Yarrington y a varios de quienes fueron sus colaboradores por sus relaciones con el crimen organizado. La justicia estadunidense tiene en su contra no sólo el testimonio de uno de sus más cercanos colaboradores, Antonio Peña Argüelles, quien recibió apenas dos años y medio de prisión por convertirse en testigo protegido, y que ya está, por cierto, en libertad. Tienen también, contra Yarrington, el testimonio de varios otros testigos colaboradores y uno de ellos es el principal, el exjefe del Cártel del Golfo, Osiel Cárdenas.

Por eso en la disputa entre Estados Unidos y México por ver quién se queda con Yarrington es muy probable que terminen pesando más las acusaciones del otro lado de la frontera. Porque además allá sí estarían incluyendo en el paquete de acusaciones el asesinato de Rodolfo Torre Cantú. Y es el testimonio de Peña Argüelles el decisivo en ese sentido. Lo que resulta incomprensible es, como venimos insistiendo desde 2011, que la justicia mexicana no haya decidido aún dar ese paso.

La narcopolítica tiene profundas raíces en Tamaulipas. Desde Juan N. Guerra, el célebre contrabandista y el primero en la región que incursionó en el narcotráfico, pasando por su sobrino Juan García Ábrego y su sucesor, Osiel Cárdenas, los narcotraficantes siempre han convivido con políticos en el estado. Es una entidad donde, como en Sinaloa, el narcotráfico tiene, para decirlo de algún modo, base social. Pero el caso de Yarrington es diferente porque el gobernador se convirtió en operador del propio cártel y recibió recursos, según la información de la que disponemos, enormes del mismo.

Incluso el hecho de que estuviera viviendo en Calabria, indicaría que tendría protección de la ‘Ndrangheta, la mafia calabresa que tiene vínculos añejos con el Cártel del Golfo y con Los Zetas. Pero tampoco nunca antes habían existido indicios tan fuertes de que un exgobernador estuviera involucrado en forma directa en un crimen contra un candidato como Rodolfo Torre Cantú. El Cártel del Golfo recurrió en muchas ocasiones al crimen político por distintas vías, incluso en el caso Colosio no se profundizó esa línea de investigación que apuntaba a Tamaulipas (de allí provenía el revólver utilizado en el asesinato) y sobre un grupo de sicarios que se hacía llamar Los Texas y con los que Mario Aburto tenía relación familiar.

Las acusaciones de narcopolítica estuvieron a la orden del día en la pasada campaña electoral en el estado. Todos fueron acusados de lo mismo, incluyendo el actual gobernador, Francisco García Cabeza de Vaca. Pero no estamos ante situaciones similares a la de Yarrington. Sin duda, hay historias que cruzan la biografía del gobernador y de muchos otros políticos, pero no hay elementos para decir que sea un producto del narcotráfico. Tampoco sus antecesores, Manuel Cavazos o Eugenio Hernández.

No se encontraron datos duros de relación de Cavazos con el narcotráfico y con quien era entonces el jefe del Cártel del Golfo, Juan García Ábrego, aunque sí de muchos de sus colaboradores y funcionarios de seguridad. Tampoco Eugenio Hernández está acusado en Texas de haber lavado dinero para el cártel de Los Zetas, como se ha dicho.

Según la acusación presentada en un juzgado de Corpus Christi, Texas, su cuñado Óscar Gómez Guerra (está casado con una hermana de Hernández), enfrenta cargos de asociación ilícita para lavar instrumentos monetarios y ser cómplice de la operación de una empresa no autorizada para envío de dinero. En esa acusación, por la relación familiar, se involucra a Hernández. En ella no se habla de Los Zetas.

Nunca se estableció alguna relación de complicidad entre Hernández y Yarrington (o entre Cavazos y su sucesor) durante la administración de Felipe Calderón. Mucho menos ha habido acusación alguna contra Egidio Torre Cantú, el gobernador saliente del estado. Pueden haber sido malos o buenos gobernadores, como sucede con el mandatario actual, y haber tenido o no éxito en sus gestiones, pero no son hombres del narcotráfico como Yarrington.

En Tamaulipas, la ruptura del Cártel del Golfo con Los Zetas dejó innumerables víctimas, incluyendo a colaboradores de Yarrington, y probablemente al propio exgobernador, que quedaron en medio del fuego cruzado, material y político de esas organizaciones criminales. No transitar con el narco le costó la vida a un futuro gobernador, Rodolfo Torre Cantú, y hemos visto cómo los avances en desmantelar grandes cárteles dieron como resultado el surgimiento de pequeños y sanguinarios grupos criminales que se han cebado, sobre todo, con la población y con los migrantes, con secuestros y extorsiones. Por eso, hay que hacer justicia a quienes, como Yarrington, han sido responsables directos de ese estado de cosas.

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