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Todos están muertos.

Por José Cárdenas.

}Los 43 normalistas de Ayotzinapa fueron secuestrados, calcinados y sus restos arrojados al Río San Juan en Cocula, Guerrero; vivos se los llevaron… y no regresarán.

Esa es la verdad histórica basada en evidencia científica y el testimonio crucial de Felipe Rodríguez Salgado, alias El Terco o El Cepillo, —quien admitió haber dirigido la masacre— y las declaraciones de otros 98 detenidos relacionados con los hechos, afirma el procurador General de la República, Jesús Murillo Karam.

Sin embargo, la lógica de esa “verdad histórica”, según la cual el móvil de la masacre fue la confusión de los estudiantes con un grupo criminal antagónico a los Guerreros Unidos, no engrana con la lógica de la protesta por los desparecidos.

A los deudos de Ayotzinapa poco importan la certeza y profundidad de las investigaciones oficiales; nada interesan los testimonios criminales, tampoco si las detenciones se multiplican al infinito o si la autoridad logra integrar una narrativa coherente y precisa para explicar la masacre de Iguala.

La conclusión de la PGR está condenada al descrédito. Quienes conducen la protesta no aceptarán la muerte de los jóvenes; pedirán de aquí a la eternidad pruebas científicas, confiables y contundentes para aceptar los hechos.

Sin embargo, las evidencias demandadas por los deudos son imposibles de obtener; ellos y quienes los apoyan lo saben; difícilmente habrá más restos identificables como los correspondientes a Alexander Mora Venancio. En el muy remoto caso de que los forenses austriacos tuvieran éxito sólo podría confirmarse el homicidio colectivo sustentado por la PGR.

La negativa a aceptar el resultado del minucioso trabajo pericial de la PGR no tiene que ver con la necesidad de aferrarse a la más mínima esperanza de encontrar a los normalistas con vida.

Aceptar lo que el gobierno ha dicho implica desparecer, además, un movimiento político, y si ese movimiento político desaparece, desaparece el respaldo a todos los demás movimientos sociales que alimentan el afán por la imposición de un cambio profundo en las estructuras del poder guerrerense; no pocos sueñan aún con aquella vieja utopía de la revolución setentera que nunca ocurrió… y la masacre de Iguala es un pretexto inigualable.

EL MONJE LOCO: En política no hay coincidencias. Minutos antes del virtual carpetazo al caso Ayotzinapa, el Presidente de la República pedía paz: “No quedar atrapados”. Para Enrique Peña Nieto cuatro meses han sido suficientes; la sombra impune de los crímenes de Iguala es un lastre cada vez más pesado. La verdad histórica y sus implicaciones jurídicas buscan exorcizar a los demonios que andan sueltos.

www.josecardenas.com

Twitter: @JoseCardenas1

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