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Morena y PRD: candidatos y antecedentes

Ricardo Gallardo Cardona, hasta hace unos días presidente municipal de Soledad de Graciano Sánchez y precandidato perredista a la gubernatura de San Luis Potosí, ahora procesado por la PGR por enriquecimiento ilícito y lavado de dinero, transfirió más de 220 millones de pesos de recursos municipales a cuentas de empresas fantasma, de las que era propietario. Lo hizo en apenas dos años. El PRD contribuyó a las denuncias contra el expresidente municipal que, con recursos y prepotencia, amenazaba con quedarse con la candidatura a gobernador.

Hay una página web de Ricardo Gallardo para gobernador de SLP en la que en medio de cartones y agravios (“me la pelan con gallardía”, amenaza) no se encuentra una sola propuesta, pero sí una nota de agosto pasado en donde el propio Gallardo denuncia “a los políticos falsos y partidos corruptos, queremos gente que en realidad venga a trabajar y a ayudar a la población, gente de abajo, gente que haya crecido con necesidades”. Él mismo se ponía como ejemplo de esa limpieza y de ser gente de abajo, crecida con necesidades. También lo era José Luis Abarca, un personaje que años atrás era un vendedor ambulante y que repentinamente se convirtió en uno de los principales propietarios y comerciantes de Iguala, más tarde presidente municipal y con aspiraciones políticas en el PRD o Morena. Y como ellos debe haber muchos más.

¿Cómo llegan estos personajes a estos cargos políticos?, ¿cómo puede ser que nadie los detecte?, ¿si son detectados por qué no son denunciados, por qué sus partidos les permiten pasar, seguir, crecer?, ¿por qué estas historias se repiten sobre todo en la izquierda que es en donde tendría que existir un rechazo mayor a este tipo de personajes?

Creo que las causas son muchas, pero en la intolerancia y el oportunismo que marcó al PRD durante el periodo de control y cacicazgo de López Obrador se encuentran muchas de las razones de este fenómeno. Decía el escritor italiano Arturo Graf que no tardaría en transigir con el fin quien estuviera dispuesto a transigir con los medios. Y López Obrador está dispuesto a transigir con los medios que lo lleven al fin que se ha autoimpuesto: llegar al poder.

En esa lógica de un pragmatismo que se circunscribe sólo a un principio: el de la lealtad absoluta a su persona, han llegado de la mano de López Obrador al territorio de la izquierda los personajes más diversos, muchos de ellos sencillamente impresentables. Cuando López Obrador fue advertido de que Abarca, el protegido de uno de sus más cercanos colaboradores (y su precandidato a la gubernatura de Guerrero) Lázaro Mazón, tenía relaciones con el narcotráfico, desestimó las acusaciones y dijo que había que apoyar a todos los candidatos, que había que apoyarlo. También fue impulsor de Gallardo en San Luis Potosí, que se presentaba como un integrante de la izquierda más dura. Nunca le importó si René Bejarano u otros operaban o sacaban dinero en su nombre. Mucho menos que desde su gobierno algunos vendieran leche que no era leche sino un agua con polvo pero también con materia fecal. ¿Cuándo se ha escuchado una condena suya, por ejemplo, a Julio César Godoy, otro diputado, hermano de Leonel, el exgobernador de Michoacán, íntimamente relacionado con la Tuta? Así impulsó en su momento en Quintana Roo a Gregorio Sánchez o a García Zalvidea, así los familiares de su “chofer” Nico manejaron los contratos de la cárcel de Cancún cuando ésta era controlada por el narcotráfico.

A la hora de optar por candidatos se elegía al que pudiera llegar, al que tuviera recursos, al que le diera votos, viniera de la izquierda, la derecha o el centro, y lo mismo se aplicó en muchos cargos de dirección en el partido y en el Congreso. Por eso nos encontramos con que buena parte de los principales voceros de Andrés Manuel en el Congreso tienen carreras que hacen imposible ubicarlos alguna vez en las filas de la izquierda.

La ruptura de López Obrador con el PRD tendría que haber ayudado al partido a una profunda depuración. Sus dirigentes no quisieron afrontarla con claridad y así fue como se les cruzó el caso Iguala, incluso defendiendo a un gobernador como Ángel Aguirre que era precisamente la demostración de ese pragmatismo negativo que nada tenía que ver con la izquierda.

El costo ha sido alto, la incapacidad para deslindarse de los verdaderos criminales ha sido tan notoria como la mostrada para deslindarse de Morena. Pero ha llegado nuevamente la hora de elegir candidatos y el PRD parece estar trabajando con seriedad. Por eso han participado en la caída de Gallardo. Y por el contrario, Morena y Andrés Manuel han decidido repetir el juego: para el presidente formal de Morena, Martí Batres, ese partido no tiene por qué vigilar los antecedentes ni la vida de sus candidatos. Así surgen los Abarca y los Gallardo. Son corruptos pero son suyos. Dan votos, que otros vean si están limpios.

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